03 de 03 de 2010

Fuerza Chile

Hola a todas! En Vanidades esperamos que todas se encuentren bien junto a sus familias y que el daño del pasado terremoto no haya sido mayor. Como todos sabemos, gran parte del sur de nuestro país está sufriendo puesto que lo perdieron todo. Sin embargo, encuentro que eso no es excusa para dedicarse a robar y a saquear distintos supermercados y tiendas. Una cosa es buscar lo básico para sobrevivir, como comida, pero de ahí a salir con plasmas y lavadoras… eso es otra cosa.

Les adjunto una columna escrita por Fernando Villegas en el diario La Tercera de ayer. Leanla y cuéntennos qué opinan.
La pistola al cuello
Publicado en La Tercera, 02/03/2010

El terremoto del sábado ha sido un evento devastador, pero también revelador. Ha sacado a la luz debilidades acumuladas a lo largo de años en el completo edificio de nuestra sociedad, frutos venenosos de políticas -públicas y privadas-  y de procesos sociales cuyas semillas se sembraron a partir de 1973, se abonaron en los años sucesivos y se regaron generosamente desde 1990. El resultado es una mezcla explosiva de aspiraciones adquisitivas con una distribución del ingreso que impide a muchos satisfacerlas y de dos generaciones de chilenos pobres -padres entre 25 y 40 años, hijos de entre 10 y 20- criados casi sin control parental ni escolar. A ese combustible se agrega como comburente  la hegemonía ideológica de las doctrinas acerca de los derechos humanos, las cuales en muchos casos -legales, judiciales, etc-  han sido llevadas a tales extremos de lenidad y obsecuencia, que entorpecen gravemente la determinación o voluntad del Estado para preservar el orden público.

De esto último han sido muestra los saqueos masivos. Para describirlos, la autoridad ha usado un lenguaje eufemístico hablando de “delincuentes” y de “lumpen”. Eso de por sí ya sería bastante malo, pero los videos y fotografías revelan algo aun peor: protagonistas han sido también y en número abrumador, gente común y corriente, la clase de personas con las cuales usted puede toparse en su oficina o en el bus. En una sociedad sana, el pillaje queda reducido a la acción de delincuentes y también de los ciudadanos más marginales; una sociedad enferma, en cambio, revela lo que vimos, a saber, no sólo que dichos delincuentes y vándalos son legión, sino que también hay cero autocontrol por parte de muchos ciudadanos y cero eficacia de la fuerza policial para controlarlos por mera presencia.

¿De qué extrañarse respecto a esto último? Por 20 años la Concertación no hizo sino debilitar el concepto mismo de “orden público”, expresión que a oídos de su gente suena a cavernaria opresión “del pueblo”. Todo acto de autoridad rigurosa se convirtió, en ese período, en tabú. En el colegio se deterioró la autoridad de profesores y directores, quienes quedaron a merced de un alumnado dotado de infinitos derechos; en la calle se acusó una y otra vez a la fuerza pública de “excesos”, tanto en tribunales como en la prensa, cada vez que encaró con decisión ataques incluso letales contra sus miembros; en el discurso de muchos se legitimó abierta o tácitamente a los “combatientes”  con tal que dijeran representar una causa justa; en la justicia se trató con lenidad a asesinos políticos si acaso su background era “la lucha contra la dictadura”; en fin, siempre hubo razones para justificar la conducta antisocial haciendo de sus hechores víctimas inocentes “del sistema”.

¿A qué asombrarse entonces que grupos masivos de ciudadanos se crean hoy con derecho al pillaje si se da la oportunidad? ¿De qué pasmarse ante el infantilismo, convertido rápidamente en agresión, con que algunos piden “soluciones” en cinco minutos puesto que fueron criados bajo la doctrina del Estado paternalista, único salvador y defensor de los pobres, como todavía se dijo en la reciente campaña presidencial? Por eso la imagen del carabinero poniendo una pistola en el cuello de uno de los miserables entregados al pillaje es una notable excepción, pero también una muestra de hasta dónde es preciso llegar cuando métodos menos elocuentes ya no hacen mella. Y es una valiente excepción, porque hace ya mucho tiempo que el carabinero teme siquiera levantar la voz, no sea que le abran un sumario, se le eche del servicio y se le lleve a juicio. De eso es muy consciente la inmensa cantidad de ciudadanos resentidos, frustrados y llenos de instintos destructivos y depredadores que ha criado el sistema por las razones expuestas más arriba. Se sienten con esa sensación de derecho a cometer delitos que otorga la impunidad. ¿”Por qué yo no”, dijo una mujer que se llevaba objetos robados de una tienda, “si lo hacen todos? Y pudo haber agregado: “y nada nos va a pasar porque somos el pueblo”. De ahí que sea la sociedad, no ese punga, quien está hoy con la pistola al cuello. Y que, en la hora mona, deba sacarse al Ejército a la calle.

5 comentarios

lorena diaz

08 de marzo de 2010

lejos lo mejor .que me ha pazado en estos dias gracias....

Solcita Paz

07 de marzo de 2010

Primera vez que leo algo inteligente en los sitios de Taconeras. No estoy del todo de acuerdo con Villegas, pero me parece que es importante saber y tener presente este "fenómeno" que describe. Saludos.

paola

06 de marzo de 2010

grande fernando villegas.....nada mas q decir

GLO

04 de marzo de 2010

Encuentro la columna muy buena, es cierto todo lo que dice.

Fran

03 de marzo de 2010

Sinceramente encuentro que el tipo que escribió eso es una persona que no conoce y no sabe de qué habla, o sea, mete temas políticos a una tragedia nacional, cosa que lo único que hace es complicar las cosas y de verdad NO ES TEMA. Por otra parte, no sé que televisión tiene él, pero la gente que robó eran delincuentes. Yo vivo en una comuna pobre, llena de delincuentes y puedo asegurar por experiencia propia que fueron ellos. Es verdad que eran muchos, pero simplemente salieron todos a la calle en patota y se aprovecharon. Eso es todo. No me gustó nada la columna.

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