01 de 04 de 2010

Dexter y yo: Mi perro necesita un adiestrador…

De niña soñaba con tener un cachorro. Pero vivíamos en una casa chica y mi madre no estaba ‘ni ahí’ con cuidar a la mascota. Tuve que esperar hasta los 12 para tener mi primer ‘gachupín’. El viejo jardinero llegó con él debajo del brazo. ¡Era tan adorable como kiltro! Le pusimos Chavo por lo pobre y resultó todo un personaje, que nos colmó de anécdotas increíbles, las que contamos hasta el día de hoy en la familia… cada vez con más color, por cierto. Cuando tuve mis propios hijos encargamos otro cachorro, esta vez sí era de raza, una boxer atigrada, a la que una tía mexicana bautizó como Lupita. Después de haberse comido cuánto plástico y planta encontró en la casa, nos regaló seis cachorros. Un par de años después y por complicaciones de su raza, se nos murió en sólo una noche. Los niños estaban tristes, yo también. Pensé que la solución era otro cachorro, pero que fuera Pastor Alemán, fuerte y buen perro. Sin embargo, quería esperar unos meses, hasta que llegara la primavera… criar cachorros en invierno no es fácil. Fue entonces que Dexter irrumpió en nuestra vidas, echando por tierra todas los planes.

Me lo trajo una compañera de trabajo cuando tenía sólo dos meses. Labrador chocolate, mezcla con perdiguero y ojos verdes nos robó el alma a todos. Dormía adentro, con frazada y guatero. Llegada la primavera empezó el martirio. En poco meses parecía más un potrillo que un perro. ¿Dónde había quedado el cachorro adorable? Ya no tenía pasto… mi jardín se había transformado en una medialuna. Saltaba como loco cuando salíamos al patio y lo peor vino cuando descubrió sus propios ladridos. Con un verdadero concierto recibía a cualquier visita, con notas tan agudas como molestas, capaces de destruir cualquier tímpano. ¡Aún no entiendo cómo los vecinos no me han echado del barrio!

Cuando la situación fue insoportable, tomé una decisión drástica: Dexter tenía que irse. Ya tenía más de un año y se había trasnformado en un perro grande de estructura muy atlética. Intenté buscarle un hogar entre los amigos y los amigos de los amigos. Sin resultado, masifiqué la oferta y subí su foto en Mercado libre. Tres personas se interesaron por él, pero ninguna lo vino a buscar. Era el destino… un karma que arrastrábamos mi perro y yo de otras vidas. Aunque había aceptado el sino de nuestras existencias, los problemas  subsistían! Cada vez que mis hijos invitaban amigos, el perro echaba  la casa abajo con sus ladridos y no contento con eso, se estrellaba contra los ventanales para que los niños salieran a jugar con él. Lo mismo si yo invitaba gente. Así que cerraba todas las cortinas y ventanas del living para que no nos viera. ¡Estábamos encerrados en nuestra propia casa!

Entonces vislumbré una luz. Sábado en la noche me sorprendí viendo el Encantador de perros, como si fuera la mejor película de Hollywood. ¡Qué fabuloso!, pensé. Pero Santiago no es Miami.  Cuando había perdido la esperanza una amiga me mandó una página de LUN donde aparecía una nota al Encantador de perros chilensis, Jorge Loyola. Le mandé un mail, contándole de mi derrotero con Dexter. Pero pasaron las semanas y no respondió. Se fue el verano y los primeros días de marzo, cuando ya había olvidado el asunto, sonó mi teléfono:

–Aló, soy el entrenador de perros que usted contactó…

*El próximo jueves les contaré cómo fue la primera y curiosa entrevista con Jorge Loyola.

2 comentarios

Paula Avilés

12 de abril de 2010

Gaby!!! es cierto.... te prometo que esta semana sin falta!

gaby

10 de abril de 2010

Aùn estoy esperando la entrevista con Jorge!!!

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