14 de 07 de 2010

Responsable


Llevaba menos de dos meses haciendo mi práctica, cuando mi jefe me llamó para anunciarme que me haría cargo de la Semana de la Belleza de una conocida multitienda. Yo trabajaba con los representantes de una marca de perfumes italiana y era un buen momento para hacer un lanzamiento oficial en los puntos de venta. Pasé el resto del día preguntándome, por qué me habían delegado esa tremenda responsabilidad… no lo entendía. ¿Tenía confianza en mi trabajo o se estaba arriesgando para ahorrarse el dinero, que sin duda, una agencia externa le cobraría por semejante evento?
¿Por qué en vez de sentirme segura y reconocida, tenía tanto miedo? Estuve el resto del día con una sola frase en mi cabeza: “De aquí al próximo fin de semana, tienes que tener una burra adentro de la tienda, demás está decirte que no nos puede costar un solo peso”, me dijo, y siguió hablando como si me estuviera pidiendo una taza de café.
La única burra que se me vino a la cabeza, fue la que mi papá llevo un día a la casa para que sus hijos paseáramos por la parcela y que mi mamá alimentaba, mientras yo la observaba desde lejos, porque le tenía miedo. ¡A la burra, por supuesto! Lo primero que pensé, es qué tenía que ver una burra, con los perfumes y al parecer mi cara de espanto hizo que mi jefe entendiera que yo no había entendido nada. Me explicó con poca paciencia que se trataba de un auto antiguo, que tenía que contratar unas promotoras y vestirlas de pantalones rayados y suspensores, con sombreros tipo gansters y… Me reí en silencio de lo que me había imaginado.

Me sentí tan responsable que no pude dormir esa noche, buscando alguna imagen, alguna idea, alguna burra. De pronto me acordé que una tarde, paseando en auto con mi mamá, divisé desde mi asiento de copiloto, un portón de madera café que por entremedio de las tablas dejaba ver una carrocería antigua y que según yo, tenía que ser una burra.
¡Sí!, estoy segura mamá, era una burra, le dije con tal convicción que salimos a recorrer ese barrio por horas, yo sólo me acordaba de que una de las calles era José Pedro Alessandri. La infinita paciencia de mi madre y mi ataque de responsabilidad, nos llevaron a tocar el timbre de una casa que efectivamente tenía estacionada una burra detrás de un portón, que a esas alturas se me estaba transformando en una barrera gigante y desproporcionada.
Apareció un hombre delgado, bajito, con el pelo blanco, la cara pálida y unos ojos tan brillantes que lo hacían ver más joven. Pero que perfectamente podría haber sido un jinete jubilado. No hablaba español, sólo francés, y así en ese diálogo de mudos, le pude explicar lo que yo necesitaba. El dijo en un castellano casi indescifrable, que la burra estaba a la venta y yo entre mímicas y gestos le explique que por siete días podríamos promocionarla en uno de los puntos más concurridos de nuestra capital. El brillo de sus ojos ahora era encandilante y puso una sola condición: que las promotoras entregaran unas tarjetas con su teléfono para que el ‘posible interesado’ lo contactara.
Yo a esas alturas estaba dispuesta a pagarle parte de mi sueldo de alumna en práctica. No se si los cincuenta mil pesos de 1993, eran apetecibles, pero para mi eran millones.
La otra condición: que yo fuera a buscarlo el viernes temprano, para llegar juntos a ‘la exhibición de su burra’ en el punto de venta. Llegué a buscar al francés, a las ocho de la mañana, pensé que una hora y media sería prudente para recorrer las calles de Santiago a la velocidad de la burra. A las diez, tendría que estar dentro de la tienda, con las promotoras circulando, listos para abrir al público. En algún minuto del trayecto pensé que la burra no avanzaba, que nos habíamos quedado en panne. Pero no, así andaba la burra. Llegamos veinte para las diez. El francés se estacionó frente a la entrada principal del centro comercial, con toda calma. Un guardia nos abrió las dos hojas de vidrio que nos impedían llegar por fin a la meta, el francés empezó a avanzar más lento que nunca, hasta que topó en algo. Levantó sus ojos por arriba del capó y al no ver nada, se bajó a verificar qué había sucedido. El parachoques de la burra era casi diez centímetros más ancho que la entrada triunfal. ¡La burra no cabía! El gerente de la tienda, a esas alturas, estaba ladrando y yo con cara de quién sabe qué, medía con mis cuartas la entrada y el parachoques, el parachoques y la entrada. ¡La burra no cabía!
En ese momento dejé de escuchar, parecía como si estuviera nadando debajo del agua. Miraba la cara deslavada del francés que ahora estaba poniéndose roja; los ojos desorbitados del gerente, y su boca moviéndose sin parar. De pronto hasta me pude ver a mi misma, diciéndole algo al gerente que al parecer no era una locura… porque llegaron tres guardias, desmontaron la puerta, el francés manejó su burra por el pasillo principal del centro comercial hasta quedar dentro de la tienda, las promotoras se subieron a la burra con unos probadores de perfumes en las manos y las tarjetas del francés en la otra. El francés me dio un beso en la mejilla, las gracias y me dijo que nos veríamos en siete días, cuando fuera a buscar su burra.
-¿Qué, qué me dijo mi jefe? Nada, era mi responsabilidad.

2 comentarios

Mitzy

15 de julio de 2010

Muy buena historia y muy cercana a la realidad, cuantas veces no hacemos hasta lo imposible por cumplir con nuestras tareas y no obtenemos ni un "bien hecho" por parte de nuestros jefes...

Max Hartmann

14 de julio de 2010

Buenísima la historia! Y así es, en general en la vida hacemos tanta cosas con demasiado esfuerzo y no recibimos nada a cambio, y no es que tengamos que esperar algo de vuelta cuando hacemos las cosas, creo que esos esfuerzos, a futuro se reflejan en la manera en que vive uno. Saludos!!

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