28 de 03 de 2011

¡¡Re-evolucionemos!!

Nadie podría negar que en cuestiones de derechos femeninos el mundo ha evolucionado. La historia nos ha regalado mujeres increíbles que hicieron de esta lucha motivo de su vida e incluso de su muerte. Hoy, es tiempo de re-evolucionar, de mirar introspectivamente y entender que el cambio comienza por dentro, en lo cotidiano y simple de la vida. Tal vez esta historia nos ayude a pensarlo…

¡María estaba feliz! Después de varios meses de organización y mucho, pero mucho trabajo, la marcha había sido un éxito. Esa noche las calles de la ciudad se habían convertido en un río. Cientos de mujeres de diferentes edades, colores, y clases sociales navegando contra la corriente con un único objetivo: Defender la igualdad de género. “Que la diferencia sexual no se traduzca en desigualdad social”, “Lo privado es político”, “Ni una muerte Más”, pese a que las pancartas gritaban reclamos diferentes, la esencia era la misma: luchar por los derechos de las mujeres. Todos y cada uno de ellos.
¡María estaba feliz! Hace tiempo que se había comprometido con la causa, asistía a charlas, leía cuanto texto se refiriese al tema y cada tanto organizaba actividades  junto a un grupo de activistas que, al igual que ella, se negaban a aceptar las injusticias sociales. Era ridículo si quiera pensar, que todavía en pleno siglo XXI, el machismo continuara vivo, contaminándolo todo con ideas hipócritas, fundamentos rebuscados y discursos incoherentes.

¡María estaba feliz! Tal y como decían las feministas, había aprendido a valorarse a sí misma, a aceptarse y a quererse tal cual era. O por lo menos lo haría dentro de muy poco, cuando lograse al fin adelgazar esa pancita producto de cuatro embarazos seguidos y una maternidad de por vida. Por lo pronto la dieta estaba en marcha, sólo le faltaba encontrar un gimnasio que se adaptase a sus horas libres. Su madre le había ofrecido cuidar a sus hijos mientras ella no estuviera: “Entre mujeres debemos apoyarnos- le había dicho- sino, ¿quién lo va a hacer?”. Y pese a que ella no era partidaria de dejarlos al cuidado de otros (para eso estaban las madres) un poco de ayuda le venía bien.

¡María estaba feliz! Tenía marido, hijos, una casa, un trabajo digno y pronto tendría auto, uno especialmente para ella. Al fin aprendería a manejar y ya no tendría que pedirle nada a su esposo. Podría llevar a sus hijos al colegio, partir al trabajo y regresar a tiempo para preparar el almuerzo. Así cuando Roberto llegase todo estaría listo. No más reclamos, no más quejas… la paz sabía a felicidad. No es que María se quejara de su matrimonio. Es que a veces Roberto regresaba nervioso, pero eso era comprensible, su jefe era una persona difícil. Sin embargo, María era feminista y sabía poner los límites: “Puedo aceptar tu cansancio, tus insultos impulsivos, tus estúpidos celos, pero jamás aceptaré que me levantes la mano” . La advertencia estaba hecha.

¡María estaba feliz! Un poco cansada, pero el sacrificio valía la pena. Su nueva visión del mundo la había motivado a retomar los estudios. Quería ser sicóloga. Además era buena convenciendo a los demás, si había logrado la aprobación de Roberto podía hacer cualquier cosa. “Mientras que este capricho tuyo no interfiera en nuestra familia, haz lo que quieras”, le había dicho finalmente su marido. Y para María eso era un sí, amaba los desafíos. Ese día, antes de dormir, había reunido a sus hijos para pedirles colaboración. Sobre todo a las mujercitas quienes tendrían que ayudarla ahora con las tareas del hogar. Santiago y Marcos eran buenos chicos, pero en cuestiones domésticas eran un cero a la izquierda y eso sin duda era herencia de su padre.
¡María estaba feliz! Después de varios meses de organización y mucho, pero mucho trabajo, la marcha había sido un éxito y eso merecía un festejo. Sin embargo, María no podía ir, debía ir a casa para ayudar a sus hijos con los deberes del colegio y para eso ella era imprescindible, sólo María gozaba de paciencia plena. “Al final eres feminista de la boca para afuera”, le había dicho, en tono de broma, una compañera antes de despedirse, pero a María no le había causado gracia. ¡¿Qué podía opinar al respecto una mujer soltera?! Ser madre, esposa y ama de casa era una tarea de tiempo completo, ser feminista no. Una vez que se asumía el compromiso no había vuelta atrás, era la ley de la vida. Además María no podía quejarse, tenía todo lo que siempre había querido. Sí, lo tenía todo y no estar agradecida por ello sería insensato…

Por eso cuando cada noche, aparecía en su cabeza esa pregunta María cerraba los ojos para dormirse antes de poder contestar: “¿María, eres feliz?”

2 comentarios

vale

05 de abril de 2011

Hola amigas: me pareció muy interesante el artículo y la verdad, a diferencia de los otras notas a las que nos tienes acostumbrada Viky, (que siempre despiertan una sonrisa), este nos invita a reflexionar. Vivimos en una sociedad machista, de eso na hay ninguna duda. Sin embargo creo que muchas veces y sin darnos cuentas las mujeres contribuimos a alimentar esa idea de que a los hombres hay que servirlos, tenere todo preparado para cuando lleguen, aunque nosotras hayamos llegado minutos antes, pedimos a nuestras hijas que colaboren en la casa y a los varones los mandamos a jugar afuera para que no ensucien. Pequeñas sutilezas que sin querer refuerzan la idea de desigualdad. Un beso para todas

magui

29 de marzo de 2011

Muy buena la nota, creo que muchas nos preguntamos lo que maría se pregunta. Para mi la felicidad significa estabilidad, y hoy estoy estable! ¿desafíos? siempre!

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