13 de 04 de 2011

Vale la pena vivir: ¡siempre hay una oportunidad!

Hola Taconeras!!!

Aquí estoy nuevamente, para contarles la última parte de la historia del cambio de colegio.

Lo que más me preocupaba era explicarle a mi madre que mientras ella estuvo de viaje, yo me había matriculado en otro colegio. Esperé que llegara del trabajo y le ofrecí un café, ella aceptó ¡feliz!, venía cansada, había estado todo el día de pie y ya no soportaba los zapatos. Nos sentamos en el living y nos quedamos en silencio un momento. Yo me moría por prender un cigarrillo, pero mi mamá no tenía idea que yo fumaba. La quedé mirando, intentando adivinar cuál sería su reacción, pero era imposible imaginarla.

Tomé aire y le conté todo. Ella me miraba absorta, sorprendida, hasta creí ver un brillo de emoción en sus ojos. Fue raro, pero lo único que no ví fue enojo.
Después se acercó y me dio un abrazo. Me felicitó y me dijo que mi decisión tenía mucho valor, que me apoyaba en todo, que era un paso más en mi vida y que siguiera adelante.

Le hice caso, entré al colegio, me gustó, era chico, todos habíamos tenido problemas económicos para seguir en nuestro primer colegio. Éramos unidos, estudiábamos con ganas, hicimos un centro de alumnos y me eligieron como presidenta. Teníamos opinión, nos sentíamos dueños del mundo, y confiaban en nosotros.

Inventamos el día del alumno feliz, el del profesor orgulloso, no sé, teníamos miles de motivos para celebrar y siempre había ganas para hacerlo.
Un día empezamos a sentir que las cosas no andaban tan bien, había algo en el ambiente, algo extraño, los profesores empezaron a fallar, el dueño del colegio hizo un viaje a Argentina y cuando volvió los profesores hicieron una huelga. Hacía unos meses que no recibían sueldo y dijeron que si no se revertía esa situación, no nos podrían entregar el certificado de notas a fin de año. No lo podíamos creer. Nosotros ya estábamos en tercero medio, pero los cuartos estaban en serios problemas.

Empezamos a hacer inocentes colectas para pagar el sueldo de los profesores; fiestas, bingos, pero nada alcanzaba para pagar la deuda que se les tenía.
Un día sonó el timbre de mi casa, era noviembre, y vi que por arriba del portón se asomaba una cabeza con una frente despejada y ancha que me parecía demasiado conocida.

Mi sorpresa fue tan grande cuando al abrir el portón apareció la cara, ahora casi desfigurada, del dueño del colegio. Tenía una carpeta en la mano, me pidió que lo dejara pasar. Acepté y me adelanté para avisarle a mi mamá, creo que era la primera vez que se veían, mi mamá no había ido nunca a mi colegio. Después de una perorata eterna y sentimentalista, nos pidió plata a cambio de mi certificado de notas. Mi mamá casi lo insultó, pero antes de seguir le preguntó que cuánta era la suma que había que darle, y él con la cara llena de vergüenza, dijo que con $5.000 estaba bien. Cinco mil pesos de 20 años atrás, era plata, pero deben haber sido como $10.000 de hoy. Nada que no se pudiera pagar con tal de tener en nuestras manos mi certificado de notas, para poder buscar un colegio para terminar cuarto medio.

Los detalles se me olvidaron, pero por fin me entregaron mis notas. Mi mamá no dijo nada al respecto, sólo me preguntó qué haría ahora. La quedé mirando, y entendí que era mi obligación y responsabilidad buscar nuevamente un colegio.
Dejé mi orgullo de lado y fui a mi antiguo liceo, fuimos varios, casi todo mi curso, éramos como 15. Hablamos con la directora, le contamos lo que había pasado y ella, después de un largo silencio, dijo que lo pensaría.

Al cabo de una semana sonó el teléfono en mi casa, era la directora que quería hablar conmigo, dijo que abriría un curso nuevo para mi y el resto, que sería el Cuarto F y que esperaba que fuera en excelente curso.

Yo no lo podía creer, llamé a mis compañeros y les conté la noticia.
No me acuerdo de más detalles, sólo que cuando me presenté el primer día de clases, estábamos todos formados en el patio antes de entrar a la sala y la directora se empezó a pasear por las filas, de pronto se paró a mi lado, me miró de reojo y me dijo:
-¿Ve señorita Vidal, que el que se va sin que lo echen, vuelve sin que lo llamen?

La próxima semana les cuento otra de mis tantas historias…

¡Suerte!

6 comentarios

Fefa

16 de abril de 2011

Hay historias tras de las historias, Elisa envidio tu memoria y capacidad de recrear tus historias de manera que nosotros, tus lectores las sentimos. te mando un beso y sigue entreteniendonos

Elisa vidal

15 de abril de 2011

Miriam, soy escritora hace 8 años y antes me recibi de relacionadora publica y trabaje casi 14 años en ese rubro. Un abrazo Elisa

miriam

14 de abril de 2011

Elisa, sólo una duda. Cual es tu profesión. Quiero saber si eres la Elisa Vidal que yo conozco

joselyne

14 de abril de 2011

muy buena historia!! y onda super aperrada tu! te felicito!

Elisa vidal

14 de abril de 2011

GRACIAS MARTHA!!! UN BESITO

martha isabel

13 de abril de 2011

uuff esa si es una historia me encanto

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