06 de 05 de 2011

Mi madre cocinaba con amor


El domingo 8 de mayo se celebra el Día de la Madre en Chile, es el momento que ‘comercialmente’ se celebra a quienes nos trajeron a la vida. Es la mujer que nos mantuvo en su vientre por nueve meses y que trata de no separarse por siempre de nosotros. Es la que se desveló por noches enteras y no nos dimos cuenta. Es la que lloró por nuestros aciertos y fracasos. Es la que sacrificó su plato predilecto para dárnoslo a nosotros. Es la que lo único que quiere que nuestro marido o señora nos ame tanto o más que ella. Nuestra madre, en más de una ocasión, es la que fue nuestra enfermera, parvularia, compañera, amiga, profesora, cuidadora y cocinera, siendo ante todo mamá. Ha hecho todas las labores para satisfacer nuestras necesidades, pero como soy cocinero debo recordar que tan buena cocinera fue.
Les puedo contar que nací cuando ella tenía 42 años, ¡riesgoso! Pero aquí estoy, con mi hermano del medio tengo 17 años de diferencia, por lo tanto pasé a ser el conchito y el ‘hijo nieto’, por eso tuve más permisos, más concesiones y más regalías. Además de recibir un cuidado de madre menos aprensiva, con una filosofía de la vida distinta, lo que me hizo madurar más rápido. Como éramos puros hombres en la casa, mi ‘santa madre’ se rehusó a ser la nana de su familia, así que cada uno tuvo que hacer las cosas de la casa, más bien que realizarlas era tener la responsabilidad de poder ayudar. Entre esas estaba la de cocinar. Mi mamá, específicamente, no cocinó hasta cuando se casó, mi abuela, como buena española cocinaba como los dioses y logró, lentamente, traspasar algo de esas recetas a su hija. Entre muchas bastante buenas estaban los ‘huevos al colchón’ como los llamaba ella, más bien eran huevos cocidos en una salsa de tomate muy condimentada, si los comparamos con la cocina española son los huevos a la madrileña, la estrategia del cambio de nombre es poder ‘vendérmelos’ mejor y así me imaginaba el ‘colchón’ en mi cabeza, el que se convertía sólo en una base de tomates.
Cuando le ayudaba en los preparativos de las recetas, lo que más me gustaba era el raspado de olla, el mejor implemento de cocina era el ‘mezquino’, con esta espátula podía sacar todos los restos que podían quedar en la olla antes de irse al lavaplatos.
El otro tesoro dado por mi madre era el fondo de alcachofas que se rehusaba a comérselo y me lo guardaba cuando yo terminara el que tenía en mi plato. También me encantaba cuando mi viejita hacia ensalada de lechugas y me pelaba el tallo final, esa parte desde donde nacen las hojas. Lavaba muy bien el pequeño trocito, ¡me decía abre la boca y cierra los ojos!, con sus manos mojadas y muy heladas, depositaba en mi pequeña fauce de niño el preciado manjar, después vendría por otro tallito al regazo de ella, pero ya no habían, sólo sale uno de cada lechuga.
No puedo dejar de recordar las almejas frescas con cebolla, limón y cilantro, las machas sacadas en la orilla de la playa con la ayuda del talón de mi pequeño pié, que se hacían a la parmesana o en una simple sopa. Pero memorables son los tallarines a la bechamel,  utilizando el caldo de cocción del pollo, éste sería espesado con harina y mantequilla, la que era fortificada con leche hasta dar el punto de salsa blanca, luego desmenuzaba el pollo agregándolo a la salsa. Una vez todo mezclado, condimentaba con nuez moscada, sal y pimienta blanca, la que en era depositada por capas en una gran budinera de aluminio marca El Mono. Partía por una capa de tallarines, luego salsa, cubría con tallarines y terminaba con salsa para cubrir con queso rallado, se llevaba al horno y después se cortaba en trozos muy bien armado.
Podría seguir mencionando muchos platos, recetas, sabores y olores que se me vienen a la cabeza, pero no quiero aburrirlas con mis recuerdos de niño.
Sólo las invito a recordar lo que les daba su mamá de comida, o simplemente el cariño que les entregaba. Si tienes la posibilidad de tenerla o estar con ella, regálale esos recuerdos, te aseguro que ese será el mejor regalo para ellas. Quizás no fue tu madre, fue tu abuela o una tía, la que dejó en ti estos recuerdos, pero al fin de cuentas fue una mujer que, independiente de que haya sido o no madre, tiene el instinto de serlo. La que se da por entero y se entrega a nuestros pies. Así nosotros nacimos, crecemos, nos formamos con el mejor recuerdo y agradecimiento de tener la mejor mamá del mundo.

3 comentarios

Yoly

12 de mayo de 2011

Mi mamá no cocina jejejejeje; la verdad, no sé si sabe hacer algun platillo. La que sí cocinaba era mi preciosa weli, mi mama grande... inolvidable hacer pan de pascua con ella cada fin de año (ese aroma navideño me lleva a la cocina de mi nona); pastel de choclo con más de un animal jajajaja (delicioso), su salsa bolognesa, olla que miraba durante las ¡¡¡3 horas que demoraba en estar lista!!!, su pollo con alcaparras, la cabeza de ajo entera en la cazuela, para después hacer una pasta perfumada y potente que comíamos con tostadas; sus tostadas con tomate, ajo y oliva... y las manzanas confitadas que me hacía, sólo por el gusto de verme la boca llena de caramelo, cachetitos colorados y carita feliz. Las mamás son lo más hermso del mundo... aunque no cocinen :)

kathy

06 de mayo de 2011

me gustaron mucho las palabras..sonbre todo las ultimas..muy bellas. la verdad es que yo recuerdo ahora y siempre, el pie de limon de mi mamá..que siempre me sorprendía inesperadamente con uno, ya que es mi postre favorito..=)..siempre nuestras madres son las mejores cocineras para uno. saludos!

Paula Avilés

06 de mayo de 2011

Sólo espero en esta vida que mis hijos me recuerden como tú a tu madre. Un abrazo Álvaro! El mejor post que hayas escrito nunca.

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