19 de 10 de 2011

Vale la pena Vivir 31: La paciencia

Una virtud  que cada día está más olvidada; si para todo, lo primero que perdemos es la paciencia. Lo veo día a día, en el semáforo, en la fila del supermercado, del banco, del cruce de peatones, hasta en la entrada del cine, en el mesón de la farmacia, y eso que es con número, pero nunca  falta alguien que pierde la paciencia y quiere que lo atiendan antes.

Hace un par de semanas salí con mis hijas a comprar un mueble, recorrimos sin prisa pasillo por pasillo hasta encontrar el que realmente necesitábamos.Íbamos como paseando, sin apuro, sin ninguna expectativa más que encontrarlo. En un momento nos separamos y cada una se quedó mirando lo que  le llamaba la atención. Cada una imaginando, ideando, decorando, soñando…cuando de repente siento un grito; un grito conocido, siempre que siento que dicen mamá o que algún niño grita, pienso que es una hija mía, incluso cuando ando sola. Pero esta vez  no me equivoqué, esta vez era el grito de mi hija del medio. Empecé a reunir a las otras dos y a caminar corriendo, y a  correr caminando, no sé si  me entienden.

El lugar donde estábamos era como un laberinto, que cuando llegamos nos encantó; original, divertido, entretenido, pero ahora era un laberinto malévolo, que nos impedía el paso, que estrechaba sus pasillos, que nos hacía confundirnos y desesperarnos.

No sé cuanto rato pasó hasta que por fin pudimos encontrarla, estaba  de rodillas en el piso, sola, llorando. Parece que a nadie más le pasa que cuando un niño llora, piensa que es el suyo.

En fin, la levantamos y tenía una rodilla absolutamente raspada, como si la piel se hubiera quedado adherida en el piso, yo intenté poner cada de  nada y mis otras hijas hicieron lo mismo, pero por dentro sentí como si me hubieran echado limón en los ojos.

Mi hija lloraba y lloraba, y con toda razón, porque en la otra rodilla, un color “púrpura rojizoamarillento” avanzaba sin piedad por todo el contorno.

Miré para todos lados buscando ayuda, y a lo lejos una señorita  con camisa corporativa me miraba sin pestañar, como para que yo creyera que era un display, me reí sola, de lo mal pensada. Le hice una seña y se acercó leeeeeeeeeeeentamente, yo conteniéndome.

Le expliqué, me dijo que la es…..pe….ra….ra. Yo la ESPERÉ!!!! Pero no daba de nervios….a mi hija le dolía de verdad y no podía apoyar el pie. Yo solo estaba pidiendo un botiquín para curarla y una silla de ruedas para movilizarla hasta el auto, ah!! Y ojalá un antifaz, para taparle los ojos, porque la herida era horrible.

La señorita display, llegó con una cosa parecida a una  caja de zapatos, pero un poco más higiénica  y la abrió dejando a la vista una botella de povidona tamaño familiar. Sacó un mota de algodón de una bolsa tipo Ziplox, pero más humilde y con la mano, y sin apuro le echaba povidona  al algodón y este se lo pasaba por la pierna dejándola  llena de pelusas en la  herida, para luego, en un acto de medicina avanzada , soplarle directo de su boca aún cuando a  mi hija no le ardía nada.

Yo estaba a punto de salirme de MADRE como se dice, cuando mi hija mayor me tocó el hombro, me giré casi con agresividad y veo que se lleva un dedo a la boca, en acto de silencio y me queda mirando. No me dijo nada más, solo ese gesto y entendí el mensaje, fue mágico, respiré profundo, tomé a mis hijas de la mano y salí dando las gracias por los primeros auxilios.

Por dentro solo decía: P  A  C  I  E  N  C  I  A

 

UN ABRAZO

Elisa

1 comentarios

Danismile

27 de octubre de 2011

Que lindo articulo! Imagino las ganas de tirarle la povidona por la cabeza que puedes haber sentido jaajaj me pasa algo así, pero con mis hermanos mas chicos . Cuesta tener paciencia, sobretodo cuando involucra a quienes amamos, pero la actitud de tu hija es.. no sé, admirable !! Cariños!

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