02 de 01 de 2012

Me Encanta La Navidad: ¿El Final?

Y es que nadie puede estar enojado toda la vida. Pienso que para lograr la tranquilidad, libertad y felicidad deseada uno tiene que hacer las paces no sólo con el mundo, sino también con uno.

Entre nos, me perdoné y perdoné. Por tanto, haciendo un recuento de lo que fue el 2011, puedo decirles que fue un año positivo, porque me permitió conectarme y reencontrarme con lo bueno, lo malo y lo feo del pasado, pero a la vez, darle sentido a lo sucedido y resolver de la mejor forma posible aquellos asuntos que estaban pendientes.

El famoso dicho: “En el camino todo se arregla” es totalmente cierto y válido hasta que se corre el peligro que todos los bártulos se caigan. Es por ello que antes de perder equipaje importante de mi cargamento, me detuve a ordenar, limpiar y a votar todo aquello que molestaba e impedía “la reconstrucción”.

Una vez hecho el ejercicio, que les confieso nos es nada de fácil, ya que exige muchos meses, y bastante energía, trabajo, nobleza, humildad y dis-po-si-ción, pude proseguir mi camino, y a medida que avanzaba,  me di cuenta que me sentía más liviana, y por ende, mis pasos se volvían cada vez más ágiles.

A continuación les contaré otra historia, que sucedió una semana antes de Pascua y que también refleja el “espíritu navideño” planteado en la primera parte de este comentario:

Segunda parte…

Habíamos agendado para el viernes 16 de diciembre una reunión con mi editora de “Taconeras”. Por lo general, para llegar hasta su oficina, sigo una ruta. Jamás pensé, independiente de que las probabilidades son altísimas, que en el camino vería a mi ex suegra en un paradero del Transantiago. Automáticamente escuché un “devuélvete”. No obstante, si lo hacía siguiendo todas las leyes del tránsito, corría el riesgo de que ella se subiera a una micro o bien tomara un taxi, por tanto, miré por el espejo retrovisor y como no venían autos, rápidamente puse la caja de cambio en la “R”, simultáneamente cambie el pie del freno al acelerador y llegué marcha atrás hasta donde ella estaba. Bajé el vidrio del copiloto desde mi puerta y le dije: “¿La llevo? Por supuesto me contestó, no te había reconocido”.  Me solté el cinturón de seguridad en un acto reflejo y me estiré esta hasta el asiento del copiloto para ayudarla a abrir su puerta. Y ella se encaramó (es baja y menuda).

Al principio en el ambiente se percibía nerviosismo, pero todo volvió a ser “como antes”, cuando nos pusimos a hablar del Nico. En ese instante las palabras fluyeron espontáneamente con mucho cariño y respeto, cuidando ambas, de no estropear ese sincero y amistoso dialogo. En el trayecto, le comenté que me estacionaría en el Apumanque y aproveché también de preguntarle si era un buen lugar para ella, y me contestó que si, que estaba perfecto. Mientras tanto, hablamos de temas relacionados a su salud, a la de mi ex suegro, y también le pregunté por los dos hermanos de mi ex (uno de ellos había sufrido un infarto al miocardio unos meses atrás). Después ella me preguntó por mis papás, ya que a través del Nico había sabido que habían estado “enfermitos”.

Y cuando llegamos a nuestro destino, con cariño y sinceridad le dije “Que tenga una linda Navidad y un excelente 2012” y ella me dijo gracias. Para ti también”. Y ágilmente se bajó, pero no cerró la puerta, giró velozmente su cuerpo y se volvió hacia mí diciendo emocionada “Nunca te he dejado de querer”. Yo inmediatamente reaccioné a sus palabras: solté el cinturón, me estiré hasta el asiento del copiloto, le tomé y apreté firmemente sus manos y con toda la serenidad y la ternura del mundo, le sonreí, también bajé un poco mi cabeza en señal de gratitud…No dije nada, porque no era necesario decir nada.

1 comentarios

valeria morao

26 de junio de 2012

hay que belleza eso quisiera ir para alla

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