04 de 08 de 2012

Capítulo 22: el viaje de Catalina

Después de ese extraño llamado por teléfono decidí finalmente leer todos los correos que me había escrito Daniel. Mi sorpresa fue mayúscula e inevitable: Catalina estaba internada en la clínica, y muy grave.

Me pregunté miles de cosas, sin embargo, entendí de inmediato que pese a que ella decidió terminar su matrimonio tras el nacimiento de su hijo, él no pudo abandonarla porque se sintió responsable. Me contaba todo eso en los correos. En una primera instancia quiso correr a Colombia, después ya no pudo, comenzó con su delirio culposo.

Ella está a punto de morir.

- ¿Te vas a Chile?

- Si Gustavo.

-¿Y el proyecto?, ¿vas a dejar todo botado a dos semanas de terminarlo?

- Lo siento, esto es importante.

Partí rauda a Santiago de Chile. Daniel no me especificaba en sus misivas qué padecía exactamente Catalina, no obstante, me imagino que fue todo muy rápido. Sentí que moría, ¿habrá comenzado todo a causa de la infidelidad de Daniel conmigo? Quizás no tenga relación alguna, pero no puedo evitar los cuestionamientos.

No cesaba de tener a Daniel y Catalina en mis pensamientos. Ni siquiera me percaté de cuántas horas volé, lo único que me importaba era llegar a Arturo Merino Benítez cuanto antes.

14.23, a esa hora pisé, luego de dos meses y medio, el suelo de mi querido Santiago. Todo parecía tan distinto y tan triste a la vez. Ya era otoño, y no uno cualquiera; sentía que hacía más frío que nunca. Inhalé aire hasta lo que más pude, cerré los ojos y miré hacia el cielo gris: era el momento de enfrentar mi realidad.

Pasaron diez minutos y comenzó a llover. Ni siquiera llevaba mucho equipaje, sólo una pequeña maleta. Tomé un taxi.

- A la Clínica Metropolitana –le dije al chofer.

El hombre no me contestó ni una palabra, supongo que adivinó por mi cara que no me encontraba en el mejor momento. Una angustia me carcomía hasta los huesos, me preguntaba una y otra vez si acaso esto era un castigo divino por haberme metido en el medio de una familia… pero yo tampoco lo planeé así, nunca pensé que volvería a amar a Daniel como hace diez años.

Cerré los ojos y lo recordé en aquellos años de liceo, cuando decía que la capa era en verdad cotona y que yo era demasiado sentimental para enfrentar mis problemas. Cuando nos quedábamos después de clases a estudiar una materia que ya me sabía de memoria, cuando me sonreía y se derretía mi mundo, cuando éramos inocentes y creíamos que el mundo acababa en cuarto medio.

Entré a la clínica muy rápido, pregunté en recepción y me hicieron pasar. Me extrañó que no me pusieran dificultades. Subimos y bajamos por el ascensor unas tres veces hasta que llegamos a un pasillo que decía “oncología”. Sentí un temblor y un frío que me recorrió el cuerpo.

Al final de ese angosto camino estaba Daniel. No me vio, se encontraba sentado sobre una silla de sala de espera, con la cabeza gacha y las manos en posición de súplica. Creo que rezaba.

- Estoy aquí.

Daniel levantó su cara y, por primera vez en una década, lo vi llorar como un niño. Miles de escenas vinieron a mi mente, pero no era el momento ni el lugar. Me abrazó desesperado.

- No sabía cómo explicarte que era necesario que vinieras. Ella no ha parado de decirme que necesita conversar contigo.

Fue lo único que alcancé a retener de las palabras de Daniel, lo demás fue como si todo estuviera muteado y los movimientos se realizaran en cámara lenta. Sólo me inquietaba ver a Catalina.

Entré a la habitación. Ella me notó de inmediato. Su rostro estaba pálido e irreconocible, no lo sé, pero podría haber bajado unos quince kilos. Era simplemente otra mujer.

- Soy yo –me dijo- casi como si adivinara mis pensamientos.

- Yo no debería estar aquí…

- Acércate.

Avancé temerosa y la observé. Me tomó de la mano izquierda y me miró directamente a los ojos.

- No quería irme sin verte. Necesito pedirte un favor.

- Y yo necesito que tú me perdones, yo destruí tu familia….

- Mi familia no era tal, yo nunca tuve el amor de ese hombre, ¿sabes?

- No puedo creer que estés así y en este lugar…

Nunca olvidaré su mirada…. Observé por la ventana y comenzaba a llover intensamente…

- Por favor, prométeme que cuidarás de él.

- No puedo hacer eso, creo que no es correcto.

- Entonces prométeme una cosa.

La observé intrigada y a la vez admirada por el valor de esa mujer.

- Prométeme que lo amarás siempre.

Sonreí y asentí con la cabeza. Ese era un compromiso que sabía iba a poder cumplir toda mi vida.

- Prométeme que lo amarás por siempre y que velarás por su felicidad.

Me largué a llorar como una niña. Ella movió la cabeza.

- No llores, él tenía razón cuando dijo que eras sentimental.

- ¿Qué más te contó de mi?

- Muchas cosas… ¿sabes por qué?, porque nunca estuviste fuera de su corazón. Sólo prométeme lo que te dije, ¿puedes?

- Te prometo que siempre lo amaré, más allá de lo que pueda pasar. Y perdóname.

- No tengo nada que perdonarte, al contrario, fui yo la que entorpeció el camino para que ustedes volvieran a encontrarse. Y ahora llegó el momento de partir.

- No digas eso, sé que vas a salir adelante… tienes un hijo…

- Mi hijo es lo más maravilloso que me ha pasado en esta vida. Cuando seas madre me entenderás.

Me apretó la mano y cerró los ojos. Salí de la habitación y Daniel siguió mis pasos.

- No me persigas, es ella la que necesita de tu compañía.

- ¿Qué quería decirte?

- Me hizo prometerle que te amaría por siempre…

Daniel palideció.

- Esa es una promesa que sé que podré cumplir, pero no sé si a tu lado.

La lluvia se hizo más intensa aún. Catalina había partido.

 

3 comentarios

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29 de enero de 2016

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María José

06 de agosto de 2012

o.O que triste!

Liiz

05 de agosto de 2012

Que predecible! como el hombre estaba casado, tenian que matar a la mujer para tener un final feliiz... P R E D E C I B L E

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