27 de 08 de 2013

Rostro perfecto: Joelle Ciocco

Cuida el rostro de Marc Jacobs, Laetitia Casta y Carla Bruni. ¿Qué la hace tan eficiente? Aquí, la prueba de su lujoso tratamiento.

Aunque no lo reconoce, el brillante cerebro de Joëlle Ciocco no solo es el que está tras la piel de Catherine Deneuve, Natalie Portman y centenas de personas alrededor del mundo que viajan a París solo para visitarla. Esta mujer, que tiene su clínica de piel a un costado de la iglesia Madelaine, es la persona que mejor sabe cómo lograr un cutis perfecto. Con más de 30 años de experiencia y cuantiosos estudios internacionales, Madame Ciocco es un ser de otro mundo. Dueña de un vozarrón que inunda hasta los rincones más diminutos de su estilosa clínica en un edificio parisino encantador, se viste con ropa ajustada para demostrar orgullosa que a sus 64 años tiene un nivel de musculatura casi irreal. Camina rápido y ágil, fielmente seguida de su inseparable perro No No, un bichón maltés tranquilo y tierno, que se instala bajo la camilla de su estilosa consulta.

En mi caso, aún no logro determinar si fue por mi genética francesa o por mi fascinación por las mujeres resueltas y libres de miedo, que desde que la vi supe que marcaría mi existencia. Entró con una sonrisa y energía divina a la sala donde estábamos varias periodistas chilenas, que no sabíamos qué esperar de esta embajadora de L’Oréal. “¿Cómo será? ¿Qué piel tendrá?”, nos preguntábamos. Resultó ser poderosa en energía, fabulosa en conocimientos y clara en sus ideas. Con un nivel de humildad mínimo, recalcaba que su sistema de análisis de epidermis (la primera capa de la piel) es revolucionario. Y, si lo pensamos bien, debe ser así, no por nada el Gran Soin –tratamiento de dos horas de duración con sus propias manos– cuesta 1.300 euros, unos 800 mil pesos chilenos. Y no hay descuentos.

Ciocco se toma la palabra, atrapa la atención y no la devuelve jamás. En un francés simple y exquisitamente pronunciado, relata que su método se basa en el hecho básico de que la verdadera barrera de protección de la piel es un ecosistema frágil, que suele perder su equilibrio y que, a pesar de que es lo único relevante para la salud del cutis, no se toma en cuenta. Continúa explicando que es este ecosistema el que posee un real poder de antienvejecimiento, es decir, si tenemos una barrera de protección desequilibrada no habrá crema en el mundo capaz de hacernos lucir radiantes. Y recién cuando termina su idea, respira profundo y camina decidida hacia su consulta, donde a solo dos periodistas chilenas les realizará su mítico Gran Soin. Una de ellas soy yo.

No más químicos

Lleno una ficha contestando sobre mi vida. Madame Ciocco necesita saber qué pastillas tomo, de qué enfermedades sufro, cómo cuido mi piel, si hago o no deporte, qué tan sano como y si soy feliz. Lo relleno intentando no omitir/mentir y un poco asustada se lo entrego a su asistente, intuyendo que en mí hay algo que está terriblemente mal. Joëlle me recibe con una sonrisa amplia, cálida y me pide que le cuente sobre qué pasa en mi interior. Me explica que ingiero demasiados químicos y que, si anhelo que me resulte el proceso de fertilización asistida que estoy intentando junto a mi marido, debo dejar de tomar tanta pastilla, que básicamente son zinc, vitaminas, melatonina y L-Arginina con DHEA, estas últimas recetadas por mi doctor con la idea de fortalecer mis óvulos, los que están débiles. Ciocco me explica, tomándome la mano como si fuera mi madre, que químicamente eso me está matando la energía y la fertilidad, y que no llegaré a ninguna parte. Me ruega, me implora, que crea en sus 30 años de estudios magistrales y que lo abandone todo. Incluso balbucea que si creo que mi doctor y marido me odiarán por abandonar estos químicos, sea un secreto entre nosotras y su adorable perro, el que me mira con cara de lástima, como si supiera que en este instante solo quiero romper a llorar. Y me solicita que tome –de por vida– solo lo que ella me recetará, 100% natural. Como si supiera que el pacto está sellado para siempre, me pide que vaya a su camilla, me recueste y piense en algo lindo. Le hago caso y me imagino en un viaje que hicimos con mi madre a la Provenza francesa, estamos en un auto en medio de los campos de lavanda de Grasse…

Dulce y amargo

Madame Ciocco instala una lupa de proporciones impresionantes entre las dos y se pone unos anteojos que le dan un nivel de información mayor. Me pregunta desde cuando tengo espinillas y este nivel de grasitud. Le contesto que desde los 13 años. Me consulta si sé que tuve ovarios poliquísticos, porque una vertebra y mi cadera derecha están milimétricamente corridas y le digo que sí, que por eso me dieron anticonceptivos desde los 15 años. Mueve su cabeza y me confiesa que estas hormonas son el gran enemigo de las mujeres y que solo uno de cada diez casos de acné requiere de antibióticos. Corre la lupa hacia un lado, me mira fijo y me dice: “Debes decirme si estás dispuesta a hacerme caso. Y prometerme que no escribirás sobre mí hasta que hayan pasado tres meses y puedas ver resultados”. ¿Tengo opción? No. Seguimos…

Analiza mi rostro, orejas, escote y me revela que mi piel nunca fue un tipo graso, sino que, increíblemente, es seca. Decidida me dice que existe algo con lo que la agredo de manera profunda y que por eso me quitará todo, incluido mis maquillajes. Empieza a limpiar con aromas deliciosos y comienza haciendo una terapia con aceites, algo que no se me habría ocurrido ni en broma. A los 30 minutos siento mi piel muy cómoda, relajada, como si fuera nueva. Pero me dura poco. Madame saca una aguja de un estuche y me dice que en la vida siempre hay partes dulces y otras amargas. Y que ahora debo saber aguantar. Siento clavadas sobre mi rostro, pero son tan decididas que cierro los ojos y sigo pensando en algo lindo… Joëlle me dice que debe retirar los quistes acumulados en mi piel y que si miro y veo sangre, no me asuste. Efectivamente, levanto la mirada y observo que su pañuelo blanco está cada vez más rojo. Confío en ella, no tengo idea porqué, si la acabo de conocer, pero confío. Termina la tortura y vienen máscaras de aromas extraños, con minerales como oro, selenio, manganeso. También circulan por mi rostro clavo de olor, comino… y más masajes, hasta que me asegura que mi piel, desde ahora, comenzará a vivir en paz.

Solución ideal

Su receta es simple. Son cuatro cremas de su laboratorio –enterarse después que una de ellas es la favorita de Marc Jacobs ayuda a sentirse mejor– dos de ellas elaboradas por Joëlle para mí. De la farmacia me deja ampollas de oro, selenio y manganeso que deberé aplicar día y noche. Como suplementos alimentarios me receta el legendario aceite de hígado de bacalao. “Pero no en pastillas, sino bebible. Sí, es asqueroso, pero el cuerpo lo asimila como si fuera un ingrediente de sí mismo y genera un milagro a nivel celular. Previene la osteoporosis, mejora la vista, resplandecerá en la piel, subirá tus defensas, te dará energía… es mágico”, sentencia. “Se toma una cucharadita de té en ayunas, seguido de jugo de naranja natural, que neutraliza su aroma y sabor. Todos los días”. También me pide que tome diariamente tres cápsulas de levadura de cerveza, llena de vitaminas esenciales para todo el cuerpo. “Con ella no necesitas suplementos extra y, si quedas embarazada, te lo tomas igual, toda la vida. Tendrás pechos llenos de leche, no sabrás de la depresión y, si amas y vives en paz, serás una madre dichosa”, me explica contemplándome con amor.

Salgo de ahí y nos tomamos una foto juntas. Yo, con mi cara hecha pebre –llena de marcas por la liberación de quistes–, siento que es una de las fotos más relevantes que me he tomado. Joëlle me pide que cada vez que aparezca una espinilla en mi cara, mire la foto y recuerde su prohibición absoluta de reventarla. “Hay que tener confianza en que la piel puede hacerse cargo de sus granos. Si tú los destruyes rompes el equilibrio, generas una cicatriz y matas el ecosistema”, aclara.

Amor por el rostro

Nos despedimos con un abrazo sincero, inolvidable. Salí a la calle sintiéndome rara, débil, desprotegida. Pero infinitamente feliz. Caminé sin rumbo por París, compré las cajas de ampollas y sentí mi piel sin irritaciones, cómoda, como si riera a carcajadas, sin parar.

Tres días después, era tanto el cambio que percibí en mi rostro –ya no brillaba y resplandecía cada minuto más– que le llevé unos chocolates en agradecimiento. Los dejé con su secretaria y me devuelví a Chile. Ciocco me respondió en un email de frases bellas: “Cuando tu piel esté en armonía con su flora natural, estará radiante. Estoy segura de que seguirás viendo cómo tu piel mejora más y más. Ese es mi regalo”.

Efectivamente, cada día mi rostro se fue sintiendo mejor. Cada minuto que pasa lo noto más claro. Solo volvieron a salir cuatro espinillas importantes y jamás volví a saber lo que era un grano de proporciones. Como maquillaje hoy solo aplico un polvo, el que ya no se absorbe por mi exceso de grasitud, sino que permanece por horas. Nunca más usé esponjas o brochas para aplicar makeup, solo toallas de papel desechables, para evitar contaminar. Cada noche hago mi protocolo inundada de amor por mi rostro, me realizo masajes y me siento una mujer preciosa. Las impurezas son cada vez menos, mi piel está cada día más lisa. Sí, era verdad. La famosa epidermióloga de Carla Bruni es milagrosa”.

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